Los camaradas, aunque heterodoxos, chinos nunca dejaron de sorprenderme. Cuando llegué por primera vez a China aún no se había producido el Gran Salto Adelante de la telefonía móvil, cosa que ansiaban que ocurriera cuanto antes pues cuando se ponen a hablar lo hacen hasta por los codos.-¿Cuando inventalán de una vez el teléfono móvil, camalada? –me preguntaban los camaradas chinos y como son tantos me acostaba por las noches medio sordo de oír unos cuantos millones de veces la misma pregunta al cabo del día.
Echaba yo de menos las cabinas telefónicas, pues a falta del pan del móvil buenas son las tortas de los teléfonos públicos, pero es que miraba con los ojos del occidental ignorante y como tal no me enteraba de nada. Hasta que un día vi la luz:

Me quedé observando la cosa con embeleso, hasta que mi
-¿Es que nunca habel visto cabina de teléfono, camalada Bulganin?
-¿Eso es una cabina, camarada?
-Sí y supeliol a las del decadente occidente, camalada, polque en esta está contenida la sabidulía milenalia del pueblo chino sabiamente encauzada pol el paltido vangualdia del ploletaliado.
-¿Y donde está la superioridad?
Me miró con ese aire condescendiente tan suyo, aire de quien se pasa el día explicando lo obvio a un bobo y me explicó con tono paciente:
-Imaginal día de lluvia, camalada. En la cabina occidental hay que sujetal la puelta con una mano mientlas que con la otla se ciela el palaguas. Muy complicado hasta para la tladicional habilidad de un ploletalio chino, no digamos pala un occidental. En esta cabina no sel necesalio sujetal puelta.
Mi boca debió quedar tan abierta como la Puerta de la Suprema Armonía de la Ciudad Prohibida, así que mi acompañante aprovechó para acabar de hundir mi moral occidental.
-Además el camalada Bulganin ya sabe lo que gustal fumal a pueblo chino. Si fuese una cabina celada como en occidente estalía plohibido fumal. Aquí se puede fumal mientlas hablal. Sel gozada.
Y era cierto. Tenía que vigilar mucho mis bolígrafos, pues en cuanto me descuidaba me los distraían, los prendían fuego, y se los fumaban.
Aunque tras el invento del móvil a cualquier camarada le importa una higa que todos los que vamos en el autobús nos enteremos de que se acaba de escapar de la cárcel, o que la mujer está liada con medio barrio lo que le produce pingües ingresos, en aquel feliz tiempo sin móviles la gente gustaba de hablar en la intimidad, sin que nadie se enterase de sus conversaciones telefónicas. Ansioso por mantener en alto la honrilla de occidente, se lo hice ver, pero su contestación me acabó de hundir:
-Mejol pala ploletalio chino, camalada. Así todo el mundo oíl que no conspira contla el estado ni habla mal del paltido. Camalada ejemplal.
Definitivamente derrotado continué mi paseo, tratando de imaginar con qué nueva muestra de sabiduría popular me sorprendería a la vuelta de la esquina.
