Los enemigos de la revolución están entre nosotros. Viven camuflados conspirando contra los intereses del pueblo. Los hay de todo tipo y especie; ¡hay hasta liberales! Liberales de muchas clases: conservadores, austriacos, ingleses, chicago-boys, federicos, teocones, anarquistas, minarquistas y, los más peligrosos, liberales con blog. ¿Qué puede hacer un revolucionario para defenderse de estas acechanzas? Esta claro: ¡vigilar! ¡Descubrir enemigos! ¡Denunciar! ¡Delatar!
Asombra que los tontos útiles del primer mundo no perciban esta situación; los mencheviques, cuanto más mencheviques, parecen darse menos cuenta de las cosas, porque ¿se delata como hay que delatar en el estado espanyol, por ejemplo? Evidentemente no, pues las sanas actividades de la vigilancia y la delación solo se han puesto en marcha con eficacia contra los montaraces fumadores. Poca cosa.
Por eso resulta reconfortante el ejemplo que nos llega, una vez más, del camarada coronel Hugo Chávez Frías que, con un par de lo que hay que tener, ha decretado que todos los venezolanos, se conviertan en espías de familiares y vecinos.
Dejémonos de maricomplejinismos que bien están para el partido contrarrevolucionario, y hagamos lo que hay que hacer, que siempre será por una causa superior: el bien de las clases más desfavorecidas.
Esperamos que esta medida la complemente el camarada coronel con otras de choque, sin las cuales sería tan efímera como un euro en manos del alcaldón de Madridgrad. Medidas como la restauración del antiguo oficio de portería, ¡ah, aquel mester de portería, qué tan útil nos fue en la revolución del 36!, y la prohibición inmediata de esas odiosas cerraduras de llavín que no dejan ver nada.
Dirán los voceros liberales de la reacción que los camaradas venezolanos son unos cotillos, pero nosotros, camaradas, responderemos orgullosamente:
¿Cotillos? ¡No, revolucionarios!




